El rey de la noche. 1995

 

En 1996 el Museo de Bellas Artes de Bilbao presentó la Suite Senefelder and Co, integrada por 102 estampas, con una tirada de cuarenta ejemplares, que Eduardo Arroyo había ido realizando a lo largo de tres años en nueve talleres repartidos por Europa. El pintor quería de este modo rendir homenaje a Aloys Senefelder, actor y dramaturgo nacido en Praga en el siglo XVIII, el cual, cansado de copiar a mano una y otra vez sus partituras y obras dramáticas, inventó en 1796, casi por azar, un nuevo procedimiento de impresión gráfica que terminaría revolucionando la difusión de textos e imágenes. Dicho sea de paso, las peripecias de la invención de la litografía se narran pormenorizadamente en el tratado Vollständiges Lehrbuch der Steindruckerei que Senefelder publicó algunos años más tarde en Munich y Viena y posteriormente en París. Su descubrimiento de la incompatibilidad entre el agua y la grasa permitió la eclosión de una técnica de impresión más rápida y directa que la del grabado, puesto que el dibujo se traza sobre la misma piedra calcárea mediante un lápiz graso o un pincel. Cuando el artista finaliza su tarea, los obreros litográficos se dedican a borrarla; no queda más que el “fantasma” de la obra – una prefiguración de lo que sucederá tras el lijado de la piedra con arena y la desaparición definitiva del dibujo original. A continuación, humedecen la piedra, que retiene el agua, mientras que la tinta persiste en aquellos lugares impregnados de la grasa del dibujo. La piedra se entinta en seguida, y la estampación del bon à tirer ppreludia la impresión de numerosos ejemplares. El arte múltiple hace así su aparición.

Si en su Suite Eduardo Arroyo privilegia la litografía, como ha ido haciendo a lo largo de toda su trayectoria desde comienzos de los años 1960, no por ello descuida ninguna de las otras técnicas de estampación, ya se trate del agua fuerte, de la punta seca o del aguatinta, pasando por el pochoir a la manera de Jacomet, el linograbado y la xilografía, impulsado por su devoción hacia las distintas formas que puede adoptar el trabajo en el taller, incluyendo la colaboración con los maestros litógrafos y con el encargado de la prensa.

El catálogo bilbaíno reproduce el texto de una carta de Arroyo a su hipotético editor. Nuestro pintor se divierte en dejar traslucir una rivalidad amistosa con los 100 grabados encargados a Picasso (a cambio de un cuadro de Cézanne) por Ambroise Vollard, , el marchante de arte parisino que abrió rutas a la estampa original al pedir la ejecución de litografías en color a Odilon Redon, Edouard Vuillard, Pierre Bonnard o Georges Rouault. Por su parte, Eduardo Arroyo se impone una especie de “encargo”, del que terminará por ser también el editor, ajustándose a un requisito primordial: encontrar en los almacenes de las imprentas unas cuantas piedras olvidadas cuyo dibujo antiguo no hubiera sido lijado con arena y en las cuales, por tanto, aquella imagen hubiera quedado cautiva. Es así como emprenderá una auténtica caza de piedras en los rincones de las imprentas de Munich, Lausanne, París, Barcelona y Madrid, recubiertos a menudo de una fina capa de polvo gris, vestigio del pulido que había de dejar perfectamente regulares sus superficies de grano fino, adaptadas para retener la grasa. Allí elegirá aquéllas que suscitarán en él su deseo de retrabajarlas, borrando, completando, interpretando y deformando las imágenes publicitarias, las etiquetas comerciales o los motivos decorativos sobre 82 piedras.

En el cuadro puede suceder cualquier cosa, como es sabido. Lo mismo ocurre en la estampa: el vigor del trazo, el humor incisivo, la imaginación ingeniosa que nos introduce en un universo donde Sherlock Holmes se codea con la Princesa de Éboli, Lord Byron rivaliza con Cyrano, Henri de Toulouse Lautrec se topa con Stendhal, o Madame Butterfly se enfrenta a los murciélagos. Hoy la exposición virtual de Photosai propone una aproximación singular a este trabajo, mediante imágenes compuestas de fotografías a alta resolución que restituyen la Suite Senefelder and Co en sus menores detalles, permitiendo contemplar cada obra hasta el extremo de la textura del papel o de la longitud de sus fibras.

Fabienne di Rocco

 

Imagen superior: El rey de la noche. 1995. Litografía (2 colors) 32,8 x 76 cm.